Un Tenorio de ayer y hoy

Lo de anoche fue mágico.

Un viaje en el tiempo, a bocajarro, agazapados detrás de un vigilante de seguridad en su ronda nocturna por aquel Teatro Calderón en ruinas, que muchos pudimos ver en su día, para permanecer allí anclados, en una época pasada, de clásicos empolvados, de tradiciones condenadas, de tenorios de espadas, de noches de difuntos de respeto temeroso, y el titileo de las luces de mariposas en aceite en la memoria de nuestras casas.

Todo sutilmente mezclado con la frescura del presente, con un gracejo sin desenfreno capaz de revivir lo que para la muchedumbre de hoy puede parecer anquilosado, pero por derecho, eterno…

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La forma en que Borja Rodríguez quiso acariciarlo y mostrarlo, fresco y actual, a la vez que solemne y sin sospechas para Zorrilla, casi ciento setenta y cinco años después, resultó tan natural como admirable.

Un engranaje que hizo funcionar a la perfección la nave del tiempo en la que ayer disfrutamos de esta peculiar travesía.

Un ejercicio responsable de cómo mantener los clásicos vivos y modernos sin perder un ápice de su esencia.

La composición perfecta, elegante y natural.

Una parte técnica que supo en todo momento caminar a la par de la sutileza de la versión durante los noventa minutos de duración, a pesar de los diferentes ambientes que en cualquier momento podrían haber dado pie a la saturación de estridencias o innecesarios vaivenes de iluminación.

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El sonido, solo testigo de paso, para brotar en medio de la trama con la bellísima canción que la protagonista de la noche, Doña Inés – María Cobos (tanto monta, monta tanto) supo susurrarles a las musas de Francisco Muros, haciéndole fruncir el ceño a Euterpe, testigo de excepción en el patio de butacas.

La interpretación, curtida en complicidad, dedicación e ilusión, dio como resultado la inmediata conexión entre el público y el autor a través de la versión y de los siglos.

Y la respuesta del público acorde con la noche mágica que se vivió. Un público ávido de clásicos -Motril siempre ha sido plaza para ello- que supo reconocer a una de las suyas sobre las tablas del Calderón.

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Una María Cobos agradecida en su mirada, en el momento en el que Doña Inés la dejó ante los suyos, teatro en pie, orgullosos, felices y agradecidos también.

Ojalá hubiera sido viernes y hubiera habido un pase matinal para jóvenes de institutos. Seguro que esa frescura habría hecho removerse a alguna de las consciencias adormecidas por el horror del reguetón.

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