Noches para volver

Con el cartel de localidades agotadas colgado en su taquilla, el Teatro Calderón nos imbuía en una inesperada y profunda reflexión filosófica sobre la vida y la muerte, sobre morir y saber y dejar vivir, todo ello de manera subliminal, tamizado perfecta y delicadamente en una continua dosis de diversión, bien tramada, constante y amena, que sólo se dejó descubrir —eso sí, sin perder un ápice de su gracejo— justo al final, para conmovernos y ponernos en el sitio de los protagonistas, que no era otro que el de cualquier persona llegado el momento de la vida en que ha perdido a su madre.

Y si bien el amor ha sido uno de los temas más recurrentes y cantados en las producciones artísticas a lo largo de los siglos, el amor de madre, con sus mimos, sus excesos y sus aparentes rarezas, también era digno de ser cantado, y así lo retrató Eduardo Rovner.

El mano a mano existencial sobre el que se tejía la trama, a cargo de Carlos Santos y la veterana Beatriz Carvajal, resultó casi personal para el público por el nivel de interpretación derrochado, en el que, la conexión con el público no tenía apenas recorrido. Era cercana, intensa y directa.

Un Carlos Santos, cuya interpretación nos hizo recordar que, a pesar del cine y la televisión, es precisamente en las tablas de un teatro donde hay que ver y conocer a los artistas.
Al igual que ocurriera con Beatriz Carvajal, quien demostró que, en la interpretación, la veteranía es garantía de excelencia segura, haciendo de todo el teatro el salón de su casa.

Un trabajo escénico arduo y de una gran concentración que tenía como sujeción la armonía interpretativa con Berta Hernández, Daniel Ortiz y Pedro Segura, insuflando a la trama en cada momento la dosis justa de argumentación para mantener la carcajada constante en el público, ayudando así a no dejar entrever de más el trasfondo existencial de la trama sobre la vida y la muerte.

Una escenografía bien ambiciosa y actual que en ciertos momentos recurría a proyecciones en una medida justa, con un trabajo de iluminación exquisito y tan sensible que se fundían perfectamente con el trabajo actoral.

Los efectos sonoros, igualmente, de diez, justos y medidos, sin acercarse en ningún momento al abuso para dejar todo el peso donde debe estar, en los actores.

Y el público respondió.

Un Calderón hasta el gallinero, que se deshizo en pie en aplausos saliendo con ganas de más.

No sólo disfrutaron de Volvió una noche, sino que fue, una noche para volver. Para volver a encontrarse con el buen teatro.

Y si alguien se quedó con ganas de repetir, Volvió una noche estará en Granada en el Isabel La Católica la próxima semana.

Algo está cambiando en Motril. Antes venían obras que habían pasado por Granada.

Ahora van a Granada obras que han pasado por Motril.

Un Tenorio de ayer y hoy

Lo de anoche fue mágico.

Un viaje en el tiempo, a bocajarro, agazapados detrás de un vigilante de seguridad en su ronda nocturna por aquel Teatro Calderón en ruinas, que muchos pudimos ver en su día, para permanecer allí anclados, en una época pasada, de clásicos empolvados, de tradiciones condenadas, de tenorios de espadas, de noches de difuntos de respeto temeroso, y el titileo de las luces de mariposas en aceite en la memoria de nuestras casas.

Todo sutilmente mezclado con la frescura del presente, con un gracejo sin desenfreno capaz de revivir lo que para la muchedumbre de hoy puede parecer anquilosado, pero por derecho, eterno…

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La forma en que Borja Rodríguez quiso acariciarlo y mostrarlo, fresco y actual, a la vez que solemne y sin sospechas para Zorrilla, casi ciento setenta y cinco años después, resultó tan natural como admirable.

Un engranaje que hizo funcionar a la perfección la nave del tiempo en la que ayer disfrutamos de esta peculiar travesía.

Un ejercicio responsable de cómo mantener los clásicos vivos y modernos sin perder un ápice de su esencia.

La composición perfecta, elegante y natural.

Una parte técnica que supo en todo momento caminar a la par de la sutileza de la versión durante los noventa minutos de duración, a pesar de los diferentes ambientes que en cualquier momento podrían haber dado pie a la saturación de estridencias o innecesarios vaivenes de iluminación.

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El sonido, solo testigo de paso, para brotar en medio de la trama con la bellísima canción que la protagonista de la noche, Doña Inés – María Cobos (tanto monta, monta tanto) supo susurrarles a las musas de Francisco Muros, haciéndole fruncir el ceño a Euterpe, testigo de excepción en el patio de butacas.

La interpretación, curtida en complicidad, dedicación e ilusión, dio como resultado la inmediata conexión entre el público y el autor a través de la versión y de los siglos.

Y la respuesta del público acorde con la noche mágica que se vivió. Un público ávido de clásicos -Motril siempre ha sido plaza para ello- que supo reconocer a una de las suyas sobre las tablas del Calderón.

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Una María Cobos agradecida en su mirada, en el momento en el que Doña Inés la dejó ante los suyos, teatro en pie, orgullosos, felices y agradecidos también.

Ojalá hubiera sido viernes y hubiera habido un pase matinal para jóvenes de institutos. Seguro que esa frescura habría hecho removerse a alguna de las consciencias adormecidas por el horror del reguetón.

Triunfó el amor

Rememorado hasta la saciedad, el constante y trágico desenlace del amor de esta pareja (Romeo y Julieta) se vio truncado en esta ocasión.

La tragedia fracasó —a pesar de la esperada y consumada muerte de sus protagonistas— y el amor triunfó sobre todas las cosas.

El amor al arte; el amor al teatro; el amor a la música; el amor a la danza; el amor a las personas… Entre las buenas personas… El amor a la amistad.

Adelanto ya que me resulta totalmente imposible reflejar en un solo post todo lo acontecido, vivido y sentido, y por ello, serán varios los que publique y en los que iré recogiendo diversos aspectos de todo ello, del musical «Romeo y Julieta».

Y es que, creedme, que es para todo eso, y más.

El éxito fue rotundo.

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Lleno absoluto y una impresionante puesta en escena. Algo que la gran mayoría de los espectadores no se esperaba. Pero no es en la grandeza del espectáculo ni en las cuestiones técnicas, interpretativas u organizativas en lo que quiero reparar en este primer post, sino en la grandeza humana del conjunto que lo dio todo sobre las tablas.

Todo el elenco, sumergido en sus respectivos papeles, ignoró lo que verdaderamente se conjuró; la exaltación del amor entre todos ellos y lo que han conseguido forjar durante estos más de dos años y medio de trabajo y entrega.

El éxito de la obra lo pudimos contemplar al final, cuando el telón se dejó caer de forma implacable por última vez cada uno de los dos días, y ese amor cobro fuerza y personalidad en forma de abrazos, de sollozos y lágrimas. La dulce recompensa a un trabajo bien hecho. El triunfo de llegar a la meta en una carrera de fondo que no ha estado exenta de baches, y todo hay que decirlo, algunas zancadillas.

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Estoy a punto de cumplir cuarenta y un años y por las distintas situaciones y proyectos en los que he estado vinculado a los largo de mi vida, muchísimos de ellos culturales, y otros de otra índole, pero también expuestos al bombardeo de muchos y efusivos sentimientos y emociones, jamás he vivido algo tan emocionante, tan intenso, tan vivo y tan bello… Y todo gracias a la generosidad de todas y cada una de las personas que han conformado «Romeo y Julieta».

Cada uno a su manera ha realizado un derroche de humanidad, de compañerismo, de amistad, de amor en definitiva, que me cuesta imaginar algo con lo que pueda compararse mínimamente.

Como he dicho, esto es solo una breve reflexión generalizada para destapar la válvula de la olla a presión en la que se ha convertido mi corazón por culpa de todos ellos.

Una vez destapada esa válvula, poco a poco irán saliendo nombres, situaciones y momentos vividos, porque todos, absolutamente todos, son para mí dignos de mención. Y aunque no lo crean, uno es bastante observador y he sabido ubicarme en cada momento para apreciar todo lo que han dado, que no ha sido otra cosa que lo mejor de sí mismos.

Pero lo que sí voy a hacer es resumir todo lo vivido en una sola palabra: GRACIAS.

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Gracias por todo lo que nos habéis dado, por todo lo que habéis conformado, por cómo me acogisteis, por cómo os habéis dejado asesorar y llevar, por confiar en mí y en mi experiencia, por dejarme acercarme a vosotros, por compartir tantas cosas conmigo, por abrirme vuestro corazón y por supuesto, por entrar en el mío.

Vendrán más, o no. Vendrán otros momentos, o no. Pero podéis tener la seguridad y la garantía de que jamás olvidaré ni lo vivido, ni a vosotros.

Os lo decía en el anterior post. Os quedará el recuerdo, las horas, los días, los encuentros… Os quedará, vosotros mismos, lo que auténticamente habéis forjado… Y tengo el honor de ser parte de ese recuerdo gracias a vuestra generosidad, gracias a vuestro abrazo.

También os decía que es duro enfrentarse a algo así, a algo que sabéis que tiene fecha de caducidad, pero nos queda el bálsamo del recuerdo para disfrutarlo en compañía, en amistad, y por qué no, en ratos de ensayos de nuevos proyectos.

Un abrazo a todos.

 

 

 

Romeo y Julieta made in Motril

Admiración.

Esa es la palabra con la que definiría lo que últimamente estoy viviendo.

Desde hace más de dos años, un numeroso grupo de chiquillos vienen construyendo sin saberlo, algo tremendamente maravilloso y que, por mucho que ellos mismo lo valoren, no sabrán el auténtico valor de lo que están haciendo hasta dentro de unos años.

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Casi todos desconocidos, pero con el nexo común de la música, el teatro o la danza, confluyeron en un buque de ilusión ante el reclamo de todo un clásico como Shakespeare, y durante más de dos años han constituido un grupo con un corazón que no conoce pecho capaz de abrigarlo. Un corazón que rompería todos los esquemas conocidos por la naturaleza…

Se han conocido, han crecido, han aprendido, algunos se han hecho mayores de edad; otros han aprendido a amar, se han enamorado, han reído, han llorado, han sufrido… pero sobre todo, han cantado, han bailado, han vibrado, han vivido…

Sin quererlo, todo esto lo he vivido de reojo, de soslayo, y sin saberlo ellos, los he ido conociendo en la distancia, y me he ido acercando poco a poco a algunos. Con unos pocos hasta he cantado.

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Ahora, de repente, me encuentro entre ellos para ayudarles a que su barco de ilusiones, su barco de música y de sueños zarpe, y puedan disfrutar de su breve travesía para llegar al puerto de la memoria.

No sé si son conscientes, pero después de más de dos años se enfrentan a la responsabilidad de ejecutar su trabajo, un resultado efímero que tendrá igualmente una recompensa efímera; los aplausos del momento, las lágrimas que corran dulcemente, y la ensordecedora ovación que reconozca la belleza de lo conseguido, del esfuerzo realizado, del tiempo y la entrega dedicados… pero como digo, eso apenas durará…

Les quedará el recuerdo, las horas, los días, los encuentros… Les quedará, ellos mismos, lo que auténticamente han forjado…

Es duro enfrentarse a algo así, a algo que sabes que tiene fecha de caducidad.

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Pero desde aquí, quiero reflexionar sobre ellos y hacerles ver que la grandeza de todo esto reside precisamente en ellos mismos, en lo que juntos van a conseguir y en lo que juntos han construido durante todo este tiempo.

Hacerles ver que tienen la enorme responsabilidad de hacernos ver que no todo está perdido. Que por efímero que esto resulte, la función debe continuar.

Que al igual que ellos han tenido la oportunidad de encontrarse, de conocerse y enrolarse en ese barco de ilusiones, de esperanza, de música y teatro, otros más jóvenes que ellos pueden hacerlo.

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Su trabajo quedará como mascarón de proa de ese barco para que el mar de las oportunidades se abra ante otros y sea otra Miriam, otra Patri, otro Manu, otro Maxi, otro Álvaro, otra Natalia, otra Andrea, otra Lucrecia…, por nombrar a algunos, quienes mantengan vivo esto…

Deben demostrar que en esta ciudad tan apática para tantas cosas, hay jóvenes con ilusiones, con ganas de hacer cosas por la cultura y por los demás.

Jóvenes que cantan, que bailan, que lloran y ríen, que se emocionan, que se estremecen con un puñado de notas musicales, que se enfadan por una nota mal dada.

La verdad es que les envidio. Ojalá yo hubiera tenido una oportunidad así.

Estoy convencido de que esto tiene que servir para cambiar algo, que ese día tiene que marcar un antes y un después.

Romeo y Julieta deben morir, pero vosotros tenéis la oportunidad de hacerlos eternos para los jóvenes de Motril. Tenéis la enorme responsabilidad de reivindicar con vuestro trabajo esa oportunidad para otros.

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A todos ellos mi admiración por su trabajo y mi gratitud por dejarme un hueco en su barco.

A la Asociación Aguaviva mi enhorabuena por este proyecto y mi gratitud por ofrecer a Motril algo así, tanta ilusión.

El próximo día 24 de marzo, Motril acogerá el estreno del musical «Romeo y Julieta».

No se lo pierdan.

Motril se queda sin cine (Reestreno)

Motril se queda sin cine.

Este es el titular con el que nos sobrecogíamos hace un par de días en la prensa.

Un grave error de tratamiento de la noticia si tenemos en cuenta dónde estamos, porque, que #Motril se quede sin cine –una vez más- no es noticia.

Una noticia, -según la RAE, dato o información nuevos, referidos a un asunto o a una persona- sería que, el cine en Motril celebrase su primer año de funcionamiento.

Una noticia sería por ejemplo: «Motril recupera el coliseo Viñas para la cultura local»; o, «El recinto de La Alcoholera acogerá un gran espacio escénico con un foso al aire libre incluido, para actividades estivales», o «El Festival de Cine Médico celebrará por todo lo alto su 50º aniversario»

Pero para eso, mejor cerrar los ojos y seguir soñando, o añorando tiempos mejores…

No nos engañemos.

La cuestión material del hecho del cierre se tendrá que dilucidar.

Como en todo, habrá dos versiones, pero lejos de quien sea el culpable, si Ayuntamiento o empresario, no cabe duda de que la administración, tiene la herramienta para siempre, poder hacer algo más, un esfuerzo añadido, pero como digo, esto lo veremos con el tiempo.

Veremos si el hecho de la retirada del empresario se suple con la reposición del servicio o similar, y en qué condiciones y cuánto dura.

Pero puestos a buscar responsables, metámonos todos.

Porque estoy plenamente convencido de que muchos de los que alzan la voz ahora quejándose del cierre, en estos meses, no se han acercado a ver ni una sola película.

Estoy seguro de que muchos de los que alzan la voz ahora, han preferido irse a ver alguna película a Granada o a otro lugar, teniendo este aquí al lado, a un precio muy asequible y con la posibilidad de estar en su casa enseguida, sin la necesidad de coger el coche para el regreso, con la pereza que eso da.

Yo he podido disfrutarlo, no todo lo que hubiera querido, pero sí he visto 5 ó 6 películas en estos meses, y cuando he salido de ver la película, he disfrutado de un paseo por la playa en alguna ocasión, o he podido tomarme una cervecica en alguna taberna de la zona… Salvo con Un monstruo viene a verme, la verdad sea dicha…

Decía en un post anterior que, en esta tierra donde casi cualquier cosa que se siembre agarra, lo nuestro no cuaja… o mejor dicho, no lo dejamos cuajar… Y el cine no iba a ser menos, porque experiencias, haberlas, las hay.

«Motril vuelve a contar con un cine» 06/12/2007

«Motril Cinema ofrecerá las mejores películas de estreno en el CDT» 06/07/2016

Por eso, teniendo en cuenta esa apatía propia del terreno, hay que tener en cuenta el esfuerzo y el riesgo del empresario, quien, siendo también de aquí, ha hecho una apuesta arriesgada y en un gesto de valentía y de responsabilidad social -que también-, se ha sumergido en un proyecto harto difícil.

La cuestión debe estar, según mi percepción, en que las condiciones de concesión del recinto, no deben ceñirse a los estrictamente material y económico, y que debería contemplar también el entorno social que he descrito, que hace que la batalla emprendida por el empresario sea –permitidme el símil- de película, y elaborar un pliego de condiciones acorde a las circunstancias, y que contemple una revisión, que ojalá se tuviera que realizar al alza por el éxito y el arraigo obtenido.

De esta forma conjugaríamos una vertiente económica y empresarial con la social, como digo, ofreciendo así a la ciudad un servicio de ocio, del que tanto está Motril necesitado y nunca llega.

Un oferta al turista. Una opción a los jóvenes. Un hábito al cinéfilo. Un pilar a la cultura de la ciudad.

No se puede pretender ofrecer unas condiciones digamos, generalizadas, porque, por un lado, pueden ser inviables para quien de forma correcta ha venido realizando el servicio, y por otro, aunque puedan resultar viables para alguna empresa más potente, si se llega al caso, cuando esa empresa potente se establezca y descubra la realidad social que tenemos y en la que tanto cuesta que cosas como el cine consigan arraigo, recoja sus cosas y salga corriendo.

De la misma forma que tampoco se puede pretender que un edifico como es el caso que nos ocupa, se quede meramente como sala de cine. Debe albergar otro tipo de eventos y/o espectáculos para lo que fue concebido.

La cuestión es buscar el equilibrio.

En definitiva, si en estos meses ha funcionado, ¿tan difícil era mantenerlo?

Esperemos que la prensa nos aclare mientras seguimos viendo esta película…

 

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