Admiración.
Esa es la palabra con la que definiría lo que últimamente estoy viviendo.
Desde hace más de dos años, un numeroso grupo de chiquillos vienen construyendo sin saberlo, algo tremendamente maravilloso y que, por mucho que ellos mismo lo valoren, no sabrán el auténtico valor de lo que están haciendo hasta dentro de unos años.

Casi todos desconocidos, pero con el nexo común de la música, el teatro o la danza, confluyeron en un buque de ilusión ante el reclamo de todo un clásico como Shakespeare, y durante más de dos años han constituido un grupo con un corazón que no conoce pecho capaz de abrigarlo. Un corazón que rompería todos los esquemas conocidos por la naturaleza…
Se han conocido, han crecido, han aprendido, algunos se han hecho mayores de edad; otros han aprendido a amar, se han enamorado, han reído, han llorado, han sufrido… pero sobre todo, han cantado, han bailado, han vibrado, han vivido…
Sin quererlo, todo esto lo he vivido de reojo, de soslayo, y sin saberlo ellos, los he ido conociendo en la distancia, y me he ido acercando poco a poco a algunos. Con unos pocos hasta he cantado.

Ahora, de repente, me encuentro entre ellos para ayudarles a que su barco de ilusiones, su barco de música y de sueños zarpe, y puedan disfrutar de su breve travesía para llegar al puerto de la memoria.
No sé si son conscientes, pero después de más de dos años se enfrentan a la responsabilidad de ejecutar su trabajo, un resultado efímero que tendrá igualmente una recompensa efímera; los aplausos del momento, las lágrimas que corran dulcemente, y la ensordecedora ovación que reconozca la belleza de lo conseguido, del esfuerzo realizado, del tiempo y la entrega dedicados… pero como digo, eso apenas durará…
Les quedará el recuerdo, las horas, los días, los encuentros… Les quedará, ellos mismos, lo que auténticamente han forjado…
Es duro enfrentarse a algo así, a algo que sabes que tiene fecha de caducidad.

Pero desde aquí, quiero reflexionar sobre ellos y hacerles ver que la grandeza de todo esto reside precisamente en ellos mismos, en lo que juntos van a conseguir y en lo que juntos han construido durante todo este tiempo.
Hacerles ver que tienen la enorme responsabilidad de hacernos ver que no todo está perdido. Que por efímero que esto resulte, la función debe continuar.
Que al igual que ellos han tenido la oportunidad de encontrarse, de conocerse y enrolarse en ese barco de ilusiones, de esperanza, de música y teatro, otros más jóvenes que ellos pueden hacerlo.

Su trabajo quedará como mascarón de proa de ese barco para que el mar de las oportunidades se abra ante otros y sea otra Miriam, otra Patri, otro Manu, otro Maxi, otro Álvaro, otra Natalia, otra Andrea, otra Lucrecia…, por nombrar a algunos, quienes mantengan vivo esto…
Deben demostrar que en esta ciudad tan apática para tantas cosas, hay jóvenes con ilusiones, con ganas de hacer cosas por la cultura y por los demás.
Jóvenes que cantan, que bailan, que lloran y ríen, que se emocionan, que se estremecen con un puñado de notas musicales, que se enfadan por una nota mal dada.
La verdad es que les envidio. Ojalá yo hubiera tenido una oportunidad así.
Estoy convencido de que esto tiene que servir para cambiar algo, que ese día tiene que marcar un antes y un después.
Romeo y Julieta deben morir, pero vosotros tenéis la oportunidad de hacerlos eternos para los jóvenes de Motril. Tenéis la enorme responsabilidad de reivindicar con vuestro trabajo esa oportunidad para otros.

A todos ellos mi admiración por su trabajo y mi gratitud por dejarme un hueco en su barco.
A la Asociación Aguaviva mi enhorabuena por este proyecto y mi gratitud por ofrecer a Motril algo así, tanta ilusión.
El próximo día 24 de marzo, Motril acogerá el estreno del musical «Romeo y Julieta».
No se lo pierdan.