El tiempo sobre la decisión de dar el paso para abrir este espacio, la preparación del mismo, el diseño, la realización de las fotos de mi amiga Pau Salinas (a quien le estoy enormemente agradecido) y la puesta en marcha, han hecho que este blog viera la luz precisamente un día después de la celebración en #Motril del Día de los Terremotos.
Y precisamente, de eso quiero hablaros.
En el primer post ya adelantaba que, #demotrileñasmaneras es, para bien y para mal, nuestra forma de enfrentarnos, de posicionarnos y actuar ante y sobre lo nuestro.
La celebración del Voto de la Ciudad del 13 de enero, comúnmente conocido como el Día de los Terremotos, que desde 1804 venimos celebrando los motrileños, es un ejemplo de esa idiosincrasia que nos identifica y hace que aflore el poco apego por lo nuestro. Sin duda, una de las tradiciones con las raíces más profundas de nuestra historia local y que en las últimas décadas hemos ido dejando que pierda arraigo y esplendor.
Dejamos perder el día como festivo ante la presión de algunos comerciantes con el pretexto de que el hecho de que ese día fuera festivo y coincidiera con las rebajas de enero, provocaba un éxodo a la capital de clientes potenciales que, al parecer, llegaban a Granada con las faltriqueras llenas de dinero y se lo dejaran allí todo. Como si a lo largo del resto del año no fuera la gente a comprar a otros sitios.
Después llegó un Centro Comercial en Vélez Málaga y se agravó la cosa… En fin… Este es otro tema para reflexionar aparte.
Perdimos el 13 de enero y en su lugar llegó la festividad de San Juan. Un día festivo para oficializar una macro fiesta en la playa. Pero con todo el respeto a los que viven esa fiesta, si de tradiciones hablamos, las hogueras de San Juan que yo recuerdo no eran las de ahora.
El caso es que de la noche a la mañana nos encontramos con una tradición postiza.
Perdimos un día precioso, con rigor histórico, solemnidad, de tradición heredada que enseñaba de padres a hijos el respeto por uno mismo, por los suyos y nuestra historia, para cambiarlo por una simple fiesta.
Estarán conmigo en que, como pueblo, como colectividad, salimos perdiendo.
Años después se instituyó el Día de la Ciudad de Motril, coincidiendo con el día 3 de junio, día en el que tuvo lugar la concesión por parte de Felipe IV del título de Ciudad a la, hasta entonces, Villa de Motril.

Hasta aquí bien. Magnífico. Algo nuevo, pero revestido de sentido. ¿Tradición nueva? Por qué no. Las tradiciones, por muy longevas que sean, todas tuvieron un inicio.
Pero desde mi punto de vista, a este día le faltó una apuesta seria del todo, que podría consistir en que, ya que estaba perdida la festividad del 13 de enero y trasladada al sin sentido del Día de San Juan, haber hecho de ese Día de la Ciudad ese día festivo. El día grande de Motril a todas luces.
Como aquí se da mucho eso de que, lo que hace un partido político, si llega otro, lo cambia, funcione o no funcione lo que sea, y listo, tristemente perdimos el Día de la Ciudad.
Lejos de terminar de completarlo como Día de la Ciudad en todo su esplendor y teniendo la oportunidad de mejorarlo haciéndolo festivo, todo lo contrario, se perdió. No sabemos por qué.
Esta pérdida se intentó justificar con un intento de potenciar el día 13 de enero, revistiéndolo de algo más de oficialidad que el mero acto religioso, como es la Solemne Función que cierra el quinario y la procesión, y se realizó un acto en la Plaza de Armas de la Iglesia Mayor de la Encarnación que consistió en una ofrenda de una corona de laurel en memoria de todas las víctimas de Motril a lo largo de su historia, la cual se depositó a los pies de la Torre de la Vela.

Aquel acto, en el que estuve presente, me pareció sencillo, bonito, emotivo, poético… Acordarnos de los nuestros, de nuestros antepasados a lo largo de los siglos y ensalzar y poner en valor la historia, nuestra historia…
Hubo poca gente al margen de las autoridades invitadas, -tampoco se le dio una correcta difusión- pero en definitiva, era un comienzo, y lo valoré de forma positiva. Era cuestión de empezar, y sobre todo, seguir, mantenerlo…
Pues bien. Antes de ayer, salvo error, no me consta que hubiera tal acto. El furor que otrora llevó a idear ese acto tan bello para mí, quedó – como suelen decir los arrieros de por aquí- en un arranque de burro viejo.
En contraprestación tuvimos la inoportuna coincidencia de la inauguración de una exposición en la Casa de la Condesa de Torre-Isabel con una puesta en escena con una música altísima en mitad de la plaza que hizo que no se respetara en su conjunto la ceremonia del Voto de la Ciudad.
La cuestión es que en esta tierra donde casi cualquier cosa que se siembre agarra, lo nuestro no cuaja… o mejor dicho, no lo dejamos cuajar…
¿Alguien se imagina a Granada tonteando con cambiar el «Día de la Toma»? ¿Salobreña con la Romería de Ntra. Sra. del Rosario? ¿Almonte con el Rocío? ¿Pamplona con los San Fermines? ¿Valencia y las fallas? ¿Barcelona y San Jordi?
Perdimos la Semana Verde, los Festivales de España, la Semana de Cine Médico, dejamos morir el Coliseo Viñas… Perdimos hasta nuestra esencia durante siglos, como es la caña de azúcar… ¿Qué será lo próximo?

Ahora viene la pregunta…
¿Podemos aspirar a un proyecto serio de ciudad de cara al futuro cuando no se tiene claro ni siquiera nuestra historia, nuestra idiosincrasia?
¿Hasta cuándo aniquilar, modificar, tergiversar o inventar sobre lo nuestro, nuestra propia identidad como pueblo?
Creo que poco podemos construir cuando constantemente se están removiendo los cimientos.
¿Tan difícil es mirar al futuro sin pisotear el pasado?